La importancia de la humildad

¿Qué pensaría usted de un líder que traiciona a uno de sus soldados más fieles,  acostándose con su esposa a la fuerza, y luego, para que no se sepa en público, ordena que lo dejen morir en el campo de batalla?. Pero,  espere, ¿qué me dice de un hombre que desobedece a Dios al no seguir sus instrucciones para calmar un ejército enemigo  que veía venir y luego, en desesperación, visita una espiritista buscando dirección para seguir?.

Le pregunto ¿Cuál de estas dos faltas es peor a sus ojos?. Creo que todos coincidiríamos que el primer hombre cometió un pecado más grave, al traicionar a un hombre fiel y, además, ordenar el quitarle la vida. Sin embargo, la Biblia nos relata que el primer hombre, el rey David, fue perdonado y restaurado, aunque sufrió y su familia fue afectada por sus errores cometidos, el murió en honor y dejó una herencia de paz en la nación que gobernaba, Israel. El segundo, el rey Saúl en cambio, se suicidó en desesperación, en deshonra, bajo densas tinieblas. Uno puede preguntarse, ¿cómo es posible que esto haya ocurrido?.  Hoy día, los tribunales penales hubieran condenado al rey David, y el rey Saúl hubiera sido absuelto o penado con una condena más suave.

¿Por qué Dios no desechó a David?. No solo no lo desechó, sino  que lo levantó y lo usó  para su gloria, inspirándole a escribir mucho de los Salmos que leemos en la Biblia, además de hacerle parte de la línea genealógica del Mesías, nuestro Señor Jesucristo. El profeta Samuel, describió a David como un “hombre conforme al corazón de Dios” (1 Samuel 13:14).

Si no estudiamos detenidamente la vida del rey David, se nos puede pasar el detalle de su personalidad, que fue la llave de su éxito sobre los errores que cometió en su vida. Ese detalle fue la humildad, en su amor y temor por respeto a Dios.

David fue un hombre que se humillaba y se quebrantaba delante de Dios. Desde temprano en su vida, David demostró fe, integridad y respeto a Dios cuando el rey Saúl, quien alejado de Dios, y por envidia, se convirtió en enemigo de David, buscaba una oportunidad para matarle, mientras que David lo evitaba. En una oportunidad se dio que el rey Saúl se encontraba dormido en una cueva y David tuvo en sus manos la opción de matarlo, aun uno de sus hombres le dijo: “Dios te lo ha entregado”, pero David le dijo: “Dios me libre de hacerle daño al rey elegido por Dios”.  (1 Samuel 24:6). David pudo haber terminado su sufrimiento en ese momento y haber llegado a ser coronado rey, pero David eligió demostrar integridad y temor de Dios.

Cuando David, después de haber cometido el adulterio con Betsabé, la esposa de Urías, uno de los 37 “soldados valientes” de David y haber tratado de ocultarlo a toda costa, fue confrontado por el profeta Natán; su respuesta fue: “Pequé contra Dios”, (2 Samuel12:13). Su admisión de haber pecado, su quebrantamiento y su arrepentimiento, fueron sinceros. David no trató  de justificar o racionalizar el crimen cometido, ni tampoco trato de echar su culpa a nadie, sino que reconoció que aunque era rey, había pecado delante de Dios.

Los Salmos 32 y 51 son cartas abiertas de lo que había en el corazón del rey David en ese momento. David le dice a Dios: “Reconozco que he sido rebelde, ¡mi pecado esta siempre ante mis ojos! Contra ti y solo contra ti, ¡ante tus propios ojos he hecho lo malo!. Eso justifica plenamente tu condena…” (Salmo 51:3-4).

Esa actitud humilde que mostro el rey David como individuo es la que Dios también le pidió a Israel como nación y la encontramos relatada en el libro de 2 Crónicas 7: 14: “si mi pueblo, sobre el cual se invoca mi nombre, se humilla y ora, y busca mi rostro y se aparta de sus malos caminos, yo lo escucharé desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra.”

Podemos concluir diciendo, que para recibir la bendición como personas y como país, necesitamos un corazón humilde que reconozca sus faltas en actitud de quebrantamiento delante de Dios y como Él lo ha prometido: nos perdonará y nos sanará como persona, nos perdonará y sanará la tierra, nuestra nación.

 

Dichoso aquél cuyo pecado es perdonado, y cuya maldad queda absuelta.

Dichoso aquél a quien el Señor ya no acusa de impiedad, y en el que no hay engaño.

Mientras callé, mis huesos envejecieron, pues todo el día me quejaba.

De día y de noche me hiciste padecer; mi lozanía se volvió aridez de verano.

Te confesé mi pecado; no oculté mi maldad.

Me dije: “Confesaré al Señor mi rebeldía”,

Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.

¡Tú eres mi refugio! ¡Tú me libras de la angustia!

¡Tú me rodeas con cánticos de libertad!

Salmo 32: 1-5,7

Por: Pastor Javier Sotolongo

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