El perdon de Dios

«Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mi mismo, y no me acordaré de tus pecados» Yo, yo el Señor; fuera de mí no hay quien salve. Aún antes que hubiera día, Yo Soy” Isaías 43. 12,13, 25. Con estas palabras le habló Dios a Israel en un tiempo en que Israel no andaba precisamente en obediencia.

Cuán grande es la misericordia de Dios, y que hermoso es saber que tenemos un Dios y Padre que no mira el tamaño de nuestras faltas, sino que está atento a nuestro corazón cuando se arrepiente. Es que de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda más tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenarnos sino para que podamos ser salvos por él. «Y él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad», nos recuerda el apóstol Juan. Juan 3: 16-17, 1Juan 1:9.

Sabiendo que Dios nos perdona y olvida nuestros pecados, entonces no estemos nosotros perdiendo el tiempo recordando nuestros errores y no nos apesadumbremos por nuestra vida pasada. Él nos consuela cuando nos dice: “No se acuerden de las cosas pasadas, ni traigan a memoria las cosas antiguas, he aquí Yo hago cosas nuevas”. Isaías 43:18-19. Es natural que durante el caminar en nuestra vida cristiana cometamos errores de crecimiento y aun en madurez, «porque no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque» Eclesiastés 7:20. Pero aún, si en nuestro caminar con el Señor erramos nos toca recordar que tenemos abogado delante del Padre, a Jesucristo el justo. 1Juan 2. El amor de Dios es para siempre, por eso prolonga su misericordia en espera de que nos arrepintamos para otorgarnos la salvación, porque aunque Dios Padre aborrece el pecado, ama al ser humano.

Mi corazón exclama las palabras del profeta Miqueas: “¿Qué Dios hay como tú que perdona la maldad y olvida el pecado. Volverá a compadecerse de nosotros. Pisoteará nuestras iniquidades y echará nuestros pecados en las profundidades del mar?». Miqueas 7:18a-19.

Ahora, tomemos el tiempo y reflexionemos cual es nuestra actitud y nuestra respuesta cuando vemos que alguien comete errores en su vida. A veces somos duros con las personas que se equivocan y pecan y nos damos la libertad de juzgar o condenar y nos olvidamos que nosotros también hemos pasado por lo mismo, y lejos de ayudar o enseñar la verdad, herimos a la persona creyendo que hemos hecho justicia. Es entonces cuando nos toca recordar el proverbio: «Con misericordia y verdad se corrige el pecado y con el temor del Señor uno se aparta del mal» Proverbios 16:6. El apóstol Santiago lo dice de esta manera «Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio» Santiago 2:13

Recordemos como el Señor nos ama con amor eterno y no retarda su misericordia con nosotros. Jeremías 31:3. Que precioso es poder llegar a amar al prójimo como a nosotros mismos, solo cuando hemos experimentado la misericordia y el perdón de Dios Padre en Cristo podríamos hacerlo. Dediquémonos a apoyarnos en nuestro diario caminar, orando los unos por los otros como hemos sido instruidos. “Por esta razón también nosotros, desde el día en que lo oímos, no cesamos de orar por ustedes y de rogar que sean llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría y plena comprensión espiritual”. Colosenses 1:9

«El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento».

2 Pedro 3:9

Por: Milagros Maldonado de Rivas

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